19 de agosto de 2013

Patchwork

Como Elisa, mi madre, nunca tiraba los retazos que sobraban cuando cosía, ni tampoco las prendas viejas, un día decidió hacer algo con toda esa montaña de tiras de telas:


Podría contar la historia de cada uno de esos retazos: qué pollera, qué vestido, qué blusa fue, de qué época... por lo que veo llega hasta mediados de los ochenta, esta colección.

Un tiempo después lo vimos aparecer sobre su cama, transformado en acolchado. Alguna vez que dormí la siesta en casa de ella he intentado usarlo, pero me resultaba siempre, inexplicablemente pesado, incómodo, y demasiado caluroso.

Estuvo ahí sobre la cama de ella, hasta el final. Cuando decidíamos con mi hermana qué hacíamos con con las cosas de su habitación, yo lo quise para mí. Pero cada vez que lo agarraba para traerlo a mi casa, volvía a dejarlo, para otro día.

Hoy finalmente me lo traje. Lo primero que hice fue abrirle la costura (la última, la externa), y he aquí que, dentro de la manta patchwork no había ningún relleno: lo que asomó fue el acolchado que usaron mis padres en su cama durante los primeros años de casados: ese era el material que se apelotonaba, ese era el nylon que acaloraba, la razón por la que la pesaba, tanto.

Mañana voy a comprar un una guata ligera, ligera, y usarla.

Cada uno carga con el peso que puede soportar sobre su cuerpo, y su alma.



30 de julio de 2013

La que se salvó de la piqueta




Hoy estuve con quien hace las demoliciones desde hace veinte años, mirando como preparan la demolición de otra casa Luoni, a la vuelta de la mía.

Cuando me dijo que en su depósito tenía una carita que había logrado sacar entera de la demolición de Alsina 250, hace cuatro años, no pude dejar de ir hasta ahi.

Había otra, me dijo, en el otro extremo de la fachada, pero a los albañiles se les rompió cuando intentaban sacarla.


29 de junio de 2013

Carita de bronce


Mi padre bricoleur arma para la casa del campo una especie de perchero multifunción. Para ello emplea un trozo de madera proveniente probablmente de algún mueble a la que barniza convenientemente, y adosa con oportunos tornillos de bronce seis ganchos metálicos chicos para implementos pequeños: hachuela, tijera extraña, soga, una especie de pinza que no sé qué es; luego estrategicamente centradas dos piezas de perchero antiguo de metal dorado con cuatro tornillos cada uno; y luego como si el rejunte hubiera sido poco, procede a adosar en cada extremo dos pequeños adornos de bronce, y en el centro, una carita, de esas mismas caritas que hemos ido rastreando pacientemente en fachadas, puertas, y balcones.

Todavía tiene que aparecer quien pueda contarme más detalles sobre estas caras.

Esta foto es de 2006.


Así luce ahora:

23 de junio de 2013

Interdicción IV

Quién sabe si no era un grande, un fuerte dolor, lo que volvía imposible a mi madre hablar de la suya?
¿Por qué no hablaba casi de ella?

¿Por qué vedaba cualquier intento mío por saber o conocer más del pasado?

Que el dolor obtura y enmudece, casi siempre es algo que sabemos, por propias experiencias, y ajenas. Y que a la vez, el dolor, hasta que no es dicho, lo impregna todo: los gestos, las decisiones, las palabras, las relaciones entre la persona que lo padece en secreto y quienes la rodean.

¿Qué dolor imponía su ley con tanto rigor, que llevaba a mi madre a enmudecer acerca de su madre, o repetir siempre, como latiguillos las dos o tres mismas tristes frases que le oímos decir durante años? ¿Qué dolor seguía tan presente en mi madre, una mujer activa, emprendedora e inteligente, que la llevaba a veces, incomprensiblemente, a aceptar y tolerar situaciones de extrema -e innecesaria - exigencia, entregando su propia vida, sus energías y sus posibilidades de ser feliz como oblación y sacrificio... ?

El hermano de mi madre, diez años mayor que ella, contó alguna vez a su hija Guillermina que recordaba a su  madre una noche de Navidad, llorando desesperada por que había pegado mal unas etiquetas en las botellas de vino y el abuelo se había enojado con ella.

Eso no debe haber sucedido una sino muchísimas veces.

Nada angustia tanto a un niño como ver llorar a su madre. Pero a la vez, la autoridad de un padre que hace llorar a su mujer (y esperemos que hayan sido solo palabras duras las que provocaron ese llanto) no puede ni siquiera ser puesta en duda, aunque en el fondo termine generando un secreto odio.

La abuela llora, aporreada por los gritos - y a continuación el silencio glacial - de su marido. Las cuentas en el interior de la familia jamás se saldaban: solamente obediencia, silencio, y aceptación de lo que sucedia, todo para mantener y acrecentar esos bienes que en definitiva iban a ser para los hijos. Un adolescente (mi tío) tal vez puede tomar distancia, y al llegar a la edad adulta, irse, irse muy lejos, y hablar, contarles luego a sus hijos almenos algo de lo que había sucedido en su casa cuando era chico.

Una niña (mi madre), diez años menor que el adolescente, tal vez no tiene los recursos para verbalizar, objetivar lo que está ocurriendo. Quién sabe si no siente tal vez, incluso, culpa, una tremenda culpa. Se instala en ella una angustia profunda, infinita, de la que no habla con nadie en ese momento, y de la que no volverá a hablar nunca, porque la herida está ahí intacta, duele de solo mirarla, y sería intolerable decirla: la abuela inmolada, un sacrificio que necesita justificarse, y reiterarse para que todo siga teniendo sentido.

Eso no se transmite en la sangre sino a través de minuciosas palabras, actitudes, mandatos. Sobre "la sangre" no se puede actuar, sobre las propias decisiones de vida, sobre el modo en que uno procesa su propia historia, tal vez sí.

Por eso hay que decir, hay que decirlo todo, para sacarlo afuera, para que esas cuentas se salden definitivamente, y lo mismo que sentí el otro día, poder olvidarlas y seguir viviendo con felicidad, nuestras propias vidas.



Interdicción I

Interdicción II

Interdicción III


20 de junio de 2013

Torta Juliana de coco

 

La obra de arte en este caso no es la foto de la torta (evidentemente), sino la torta misma: maravillosa
La receta la tomé del blog de Giuliana Fabris, y como suele suceder uno introduce algunas modificaciones:
300 gr de harina leudante
100 gr de coco rallado
250 gr de azúcar
250 cm de aceite (un vaso)
125 cm de leche (medio vaso)
1 huevo
ralladura de un limón entero (y grande si fuera posible)
esencia de vainilla
pizca de sal
Todo a la procesadora un buen rato hasta que quede bien batido. La preparé en dos moldes de tarta, para que me quede baja, tipo bocaditos.

Es riquísima

Esta es la receta original:
150 gr farina 00
150 gr farina di cocco
mezza bustina di  di lievito
250 gr di zucchero
250 ml di olio di semi
125 ml di latte
1 limone grattugiato
3 uova
1 cucchiaino di essenza di vaniglia
un pizzico di sale

17 de junio de 2013

Clausura

El final de la saga.

Las dos tías viejas vivieron más de 90 años, cada una, y consumidas en la soledad, víctimas de su propio veneno.

Tres mujeres -sobrina, nuera, sobrina política- lidiando con los cuerpos de ellas, sus propiedades, sus insidias, y sus sombras, durante tantos años.

Hasta sus lápidas en el cementerio pesaban.

Un día ya nadie pagó más.

Al osario.

Que dios las tenga en la gloria.

(Y yo necesitaba escuchar este final de la historia.

Ahora nosotros podemos seguir viviendo ligeros, y quizás, también, olvidarlas.)

Encuentro (y cierre)





Mi primo Beppino (Giuseppe Sansoni) y el padre Víctor (Vittorio Albasini -las que fueron a María Auxiliadora entre 1980 y 1983 tal vez lo recuerden) charlando conmigo por skype desde Rovereto (TN, Italia), después de haber estado durante el día en Poia, con mi tia Albina, Angela, Donatella y Matteo.

A los 16 años yo trataba de hablar en italiano con el cura cuando íbamos a Fortín Mercedes. Después que terminé el colegio nada supe de él hasta hace dos años, que lo googlé y lo encontré de misionero en Kenya.
Hace un mes me contó que iba de vacaciones a Italia; qué bueno, a mí me gustaría ir a visitar a mis primos y a mi tía, le dije; los voy a visitar yo, me respondió.
Eso hizo hoy. Me parece increible que se hayan encontrado. Me emociona.

9 de junio de 2013

Naranjas



La feracidad del patio de la casa de mis padres no deja de asombrarme: desde hace ya mas de dos años nadie se ocupa de ese patio, y es verdad que muchas plantas se han secado, los travesaños del parral ya se han quebrado, y hay por todos lados tallos secos, ramas y hojas caídas; pero las hendiduras entre las lajas de los senderos que lo atraviesan están todas llenas de gramilla y césped, un matorral de alhucemas ha cubierto por completo el portoncito metálico que da al patio de atrás, y el naranjo, como si hubiera potenciado el amoroso cuidado de mis padres - que en cuarenta años nunca dejaron de regarlo dos veces por día, podarlo, hacerle injertos, desinfectarlo, sacar los yuyos, matar hormigas -, volvió a dar este año las más espléndidas naranjas.

No tienen semillas, y el jugo es abundante y delicioso.

2 de junio de 2013

Bacánica





Publiqué un texto, en uno de mis blogs, Italianos en Bahía Blanca. Esta es la conclusión:

"Siento la necesidad -imperiosa- de conocer este proceso de configuración de la identidad de los inmigrantes italianos en este lugar del mundo, y la de sus hijos y nietos, para poder sobrevivir a la avalancha de eslogans basados en clishes quasi-publicitarios, y de fantásticas-fantasiosas versiones retrospectivas del pasado, que demuestran una determinada voluntad por inventar y consolidar una identidad y un sentido de pertenencia fuertes, pero, paradójicamente, a partir de un supino desconocimiento de la historia. Proyectar hacia los argentinos descendientes de italianos un concepto general y abstracto de "italiani all'estero", sin tener en cuenta estas experiencias concretas, puede llegar a generar equívocos, desencuentros y perplejidades entre quienes desean -sin duda con las mejores intenciones-, actuar e influir en la realidad presente."

22 de mayo de 2013

Endogamia


Las (pocas) mujeres de una familia (pocas, insisto, y de parentesco directo, bien directo entre sí) hablaban (no en una conversación sino en muchas, a lo largo de años y años) de todas las demás (más precisamente de las esposas, novias e hijas de sus hermanos o primos):

que una era medio una atorranta, 
que la otra regenteaba un cabaret,
que aquellas dos, madre e hija se dedicaban a la prostitución,
que estas de acá, las hijas eran como la madre, ligeritas,
que la de más allá no era trigo limpio y que lo único que quería era  plata,
la mujer de este no calificaba para formar parte del grupo anterior, porque era bastante estirada, pero por eso mismo, tampoco.

¿Y las mujeres de la familia política?
Una, que era sucia,
la otra, una chismosa y conventillera,
y la otra, nada de nada.


Sus maridos (los de unas y otras), ignaros de todo, asistían -impasibles- a los desplantes y a la distancia.

No se salvaba ninguna.
No trataban a ninguna.
No era posible querer a ninguna otra.

Solamente ellas, las (pocas, y de parentesco bien directo) mujeres de esa familia
Solas.
Y no les dolía, en lo más mínimo.




19 de mayo de 2013



¿Qué sombra es la que cubre el resplandor de las llamas del fogón o la luz del sol del mediodía en estas fotos?
El padre Victor (Vittorio, en realidad, un cura italiano que ahora esta en Kenya) me las mandó hace unos pocos días, como recuerdo.
Y sin embargo, yo no puedo ni mirarlas. Estuve a punto de borrarlas, y no solamente porque no estoy muy favorecida en las dos imágenes en las que aparezco.
La sola perspectiva de compartirla con mis compañeras del colegio, y de leer sus comentarios me estremece.

Pero por ahí está bien observarlas.

El horror está ahí en las fotos:
en los apellidos de algunas de ellas, para empezar, en ese fuego para que nos hagamos todas más amigas, y en nuestras ropas, peinados y expresiones, en la rigidez de un orden replicado hasta en sus más pequeños y consistentes detalles, en ese rincón remoto del mundo junto al Río Colorado (esos días, por excepción; si no, acá en Bahía), en cada una de nosotras, en nuestros padres, en las monjas del colegio, (al cura -el padre Victor -Vittorio Albasini-, le concedemos el beneficio de la duda, porque él venia de Italia, una vez al año, durante un mes), y más en general, en toda la ciudad.

Y está presente, también ahora.
En lo que no se dice, en lo que -increíblemente- pareciera que nadie se anima a decir: qué orden era ese que nos constituía, que nos daba o nos quitaba la palabra, nos definía, nos calificaba, nos juzgaba.
En esa época no sabíamos nada. Pero ahora sí. Y lo que había para saber -concretamente- no era poco, ni nada leve.
Treinta años han pasado para algunas como si solo una correntada de agua hubiera las hubiera rozado apenas, como piedras que se secan rápido al sol. Y como si ese orden siguiera aún vigente.
De otras no sé nada.
Yo miro esto como si proviniera de un estadío de mi propia evolución muy remoto, muy lejano.
Pero, voilá, no puedo decir de otra vida. Porque si fuera otra vida, la sentiría ajena y me generaría curiosidad.
Me duele, en cambio, profundamente.
No solamente por ese horror pasado, sino por lo que de él aún perdura.


4 de mayo de 2013

Obsesionada. No puedo hacer nada más. No puedo pensar en otra cosa. Exploro cuidadosamente cada uno de los aspectos y matices de esta historia que entre tres personas me van contando, cada noche, desde hace diez días. Me la van contando, y se la van contando entre ellos, al mismo tiempo. Durante el día leo, releo, escribo, borro y vuelvo a escribir. Miro las fotos que me mandan, y les veo a todos cara conocida. Estoy callada casi todo el tiempo. Y cuando hablo, de lo único que realmente me importa hablar (y sólo en la intimidad del hogar) es de esto.
Tal vez porque son parientes. Lejanos, si, pero parientes. 
Tal vez porque de chicas jugabamos en la misma vereda sin conocernos, con una de ellas.
Tal vez porque la simpatía inicial me lleva luego a empatizar, de un modo cada vez mas hondo cuando la historia se va volviendo más compleja, más dolorosa, y a la vez más cercana.
Tengo que terminar y al mismo tiempo me resisto, como si el estar en este estado de obsesión me permitiera prolongar algo que -me lo digo a mi misma con franqueza- me produce un placer que no es muy fácil de explicar a quien alguna vez no lo ha sentido.

El espesor de la experiencia, la propia y también la ajena.
Es eso, sí, un placer intenso.




22 de abril de 2013

Excursio per Orientem: eastern subjects in Tacitus' Histories and Annals

Acabo de encontrar que la Universidad de Durham (UK) tiene disponible online el texto de la tesis que escribí hace varios años (entre 2000 y 2004), con la dirección y supervisión de Anthony J. Woodman y David Levene, y gracias a la que obtuve el título Master of Arts by Research (Classics).


Excursio per orientem: eastern subjects in Tacitus' Histories and Annals


This study examines Tacitus' treatment of eastern topics in sections of the Histories and the Annals related to trips from or to Rome. It aims to show that those sections, though involving non-Roman subject matter, are essentially connected with the main subject matter that articulates the narrative of the Histories and of the Annals: the consolidation of the Principate, the legitimacy of the emperors' power, the territorial expansion of the empire and the responses of the Roman institutions to those new realities. Thus the internal structure and the sourrounding narrative of each episode as well as the references to mythical and historical accounts and characters (from remote and recent history) and to ruins, sanctuaries and cult statues are explored: Paphos in Cyprus, Mount Carmel, Alexandria, Jerusalem, Troy...



20 de abril de 2013

Mis Montañas



No había ningún libro en italiano en la casa de mis abuelos trentinos, salvo el devocionario Filotea, que trajo mi abuela entre sus cosas.

No puedo ya saber si mi madre leyó partes de este libro Mis Montañas, de Joaquin V Gonzalez en el secundario o en el profesorado de lengua, en el Juan XXIII.

Mi madre, tal vez adolescente lee partes de este libro, subraya palabras dificiles (y en algunos casos anota un sinónimo en el margen): ignoto, estereotípico, estentóreo diezmado, cabalística, famélicos, consuetudinarias, coherentes...

Estas lejanas, lejanísimas montañas de La Rioja de fines de siglo XIX no se parecen en nada a las montañas de las que provienen sus padres, y que para ella en su casa, podrían haber resultado muy próximas y familiares.

Estas son las que ella conoce, siendo adolescente, hollando los valles de este pequeño volumen celeste: Mis Montañas son Mis Palabras, y por consiguiente Mi Vocabulario, Mi Pronunciación, Mi Paisaje, Mi Tradición,  e incluso Mi Historia y Mi Patria.





Carnaval de estilos fin de siécle

"La genealogía que ser repite una y otra vez en la historia de la arquitectura local reconoce sus principios en este ideario: la sencillez que aún presentaba la practica edilicia hacia 1880 cuando los constructores italianos, inspirados supuestamente por un Palladio del que jamas tuvieron noticias, repiten sin alardes los principios clásicos) es luego desvirtuada por el carnaval de estilos fin de siecle, incluido el neocolonial, en manos de los arquitectos académicos y el rumboso capricho personal del parvenu. El movimiento moderno ingresa aquí para salvar aquel pasado sencillo pero atado a la vida."

SILVESTRI, Graciela, El lugar común, una historia de las figuras de paisaje en el Río de la Plata, Bs As, 2011, p 280.

16 de abril de 2013

Adoquines


Los adoquines que asoman junto al cordón (también de adoquín, solo que está pintado de amarillo para indicar prohibido estacionar) fueron colocados alrededor de 1889 y cubiertos con asfalto a mediados de la década del 60. No sé si han preservado los adoquines en todo el ancho de la calle.

Quién sabe si no se podría leer también la historia de la ciudad así, al ras del suelo, siguiendo el hilo de los cordones y las cunetas de adoquín (y los de cemento y de hormigón de diferentes texturas y colores y así...).

(Mañana me voy a fijar bien cuáles fueron las primeras calles adoquinadas en el centro de Bahia Blanca.)

La que más sabe de todo esto es Diana Ribas.

9 de abril de 2013

Cariátides de pómulos mongoles





Enrique Banchs, director de la revista El monitor de la educación común publica en 1910, en ocasión del centenario de la Revolución de Mayo, una serie de textos sobre varias ciudades argentinas, entre ellas, Bahía Blanca (p 621-632)

Empiezan las calles pobladas distinguiéndose con el gris de tormenta de su granito nuevo. A los lados más depósitos, lomillerías, casas de arados... 

Y destacándose como torres, o como fragmentos de colosales murallas, las casas de tres y cuatro pisos que, tomadas aisladamente, son trasuntos de las grandes ciudades, sin que nada les falte de lo que otorga la magnificencia de la civilización rica. Pero entre ellas, por un tipo perfecto y armonioso que subyugue los ojos con la serenidad de un paisaje, ¡cuántas que no tienen màs que la pretensión ridícula de ser grandes y son grandes deformemente como el sapo de la fábula! 

¡Qué desatinada ornamentación, recargada y confusa! Cornucopias que parecen panes, cariátides con pómulos mongoles y senos reventando como sacos demasiado llenos, atlas de débiles piernas hundidas en el muro y desproporcionadas espaldas de talud. Creed que no espara poner en vitrinas el sentido estético de estos constructores italianos. Siempre he pensado que una cosa tan delicada como el rostro de la ciudad debería ser velado por un comité de artistas.

Chiclana 365

6 de abril de 2013

Maria Moleta

De la serie "Conversaciones", marzo de 2004


Maria Moleta

Sabés Ana al final fui un día
en el setenta y siete
a preguntarle
al profesor Camarero
¿para qué sigo?
habíamos empezado
como veinticinco y quedamos
ahí dando vueltas cinco, apenas,
tres o cuatro, en cada materia
contando adjetivos
en insospechados textos
y le preguntaba,
yo,
en medio de la desolación
en esos pasillos
vaciados y silenciados
¿por qué?
¿por qué yo aquí
y no en cambio los otros?
- para contarlo,
me dijo,
para que no se olvide -
pero es difícil
hablar; no, no
por favor  te pido
no grabés
ni escribas nombres;
hemos estado
sobre un campo
arrasado hemos estado
como gusanos
apropiándonos
de la tierra húmeda
apenas los cadáveres
se deshicieron; hemos estado
mirando la maleza
que brota
en los huecos 
en la tierra después
de que fueron 
arrancadas de cuajo

las piedras.



1 de abril de 2013

Arte cisoria: reflexiones metapoéticas

Acabo de preparar un espectacular ragú especiado, 56 sorrentinos y 14 barchette dei fiori.

En esto consiste mi arte cisoria: en el tiempo lento de escuchar, de mirar, de amasar, de disponer amorosamente cada cosa donde va. A veces pareciera que todo está en inmóvil y en silencio. O que estoy muy ocupada en otras cosas. No me pidan cortes espectaculares, ni gestos sangrientos, ni mucho menos, roscas, de ninguna índole.

En esta arte, la clave principal para que todo salga bien, es no tener apuro. Y concentrarse.
Hubo ya quienes saborearon los manjares dispuestos, discretamente. Otros no lograron apreciar su suave aroma y ni repararon siquiera en su presencia. Y hubo también quienes, aún teniéndolos delante, hicieron como que no existían, ignorándolos.

No importa. Cuando el perfume en el ambiente se vuelve irresistible, después de varias horas de preparación y de fuego lento, muy muy lento, nada puede impedir ese profundo e intenso goce.

El plato que desecharon los gourmets va a llegar a convertirse en el plato central.






30 de marzo de 2013

Hace muchos años que perdí a mi viejo, muchos más que los dos que se cumplen el próximo 23 de abril.

Ayer fui a saludar a Mario, quien -tal vez por una cuestión de edad, de estilo, de "crianza" hubiera dicho mi madre-  se le parece mucho. (Digo esto porque evidentemente esa semejanza además del genuino afecto que siento por este hombre genera en mí, a la vez, la misma disponibilidad para la escucha y los mismos reparos que me inspiraba mi viejo)
Conversábamos con él y con su hija de temas varios, de algún modo le cuento (sin detalles, naturalmente) cómo a veces el exceso de cortesía y precaución me había conducido a una situación que ahora me hacía sentir incómoda, una situación insoportable que no podía resolver más que diciendo y preguntando -de un modo que habría de resultar inesperado, abrupto-, un par de cosas que ahora veo claramente.

"Es como decía San Martín, dijo Mario, serás lo que debas ser o no serás nada". Lo miré y me quedé en silencio. La hija de él, también. No me gustan las frases hechas, ni los viejos que adoptan actitud de sabios citando frases o máximas;  y no entendía, en concreto, qué era lo que me estaba queriendo decir.
"o sea, dice, si uno no actúa de acuerdo a lo que es, a lo que piensa, en definitiva uno termina no siendo nada". Algo así fue lo que me dijo.

Volví a sentir algo que hacía mucho, mucho  tiempo que no sentía.