30 de noviembre de 2013


"....
soave amico mi desta,
che mi sporga  nel cielo da una rupe;
e io fingo timore a chi non sa
che vento profondo mi ha cercato."

7 de noviembre de 2013

Aracne


En esto estuve todo este tiempo, como las arañas que hicieron estas telas en el jardín de Isolina.
Basta tener dos puntos -no importa donde- entre los cuales tender los hilos, y se arma la tela, densa, como no puede ser de otra manera, entre varias, probablemente.

10 de octubre de 2013

Glicinas

Las glicinas están a punto de envolverlo todo, con su perfume intenso y sus ramas intrincadas. Han ocupado ya más de la mitad del parral y quién sabe si va a haber uvas en esta parte del patio.

8 de octubre de 2013

Roudinesco

Freud, sin preocuparse en lo más minimo por la verdadera significacion de esos mitos originarios, daba forma con genio a su gran escenario del deseo incestuoso y del asesinato del padre qu eno tenia mucho que ver ni con la pieza de Sófcles ni con los dioses del Atica ni con Shakespeare. Sin embargo iba a inspirar en la civilizacion occidental un modelo de novela familiar que se impondría durante un siglo. (63)
"Darwinizar los mitos griegos"

5 de octubre de 2013




Llegué justo a tiempo a sacar esta foto. (Varias veces había querido fotografiar ese relieve que se podía ver desde afuera desde el portón del garage, pero cuando pude entrar a la casa-todavía estaba entera-, era un día lluvioso y oscuro.)
La saqué parada sobre una montaña de escombros, por eso está torcida.

Media hora más tardaba en pasar por ahi, y ya no había nada que fotografiar.

1 de octubre de 2013

Polibiana: patear la calle y comer torta

Hay que salir de la biblioteca y del gabinete para escribir historia.


Una persona me cuenta su vida y la de su familia, y yo, como si tuviera cinco años como Nina, me sumerjo en ese mundo que no es solo el mundo singular de esa familia, de esas personas sino que es aquel país, aquella guerra, aquellos años, y ese grupo de inmigrantes contratados por Perón, y esta ciudad en esos años: hoy por ejemplo estuve en Pola, y empezó la guerra, y cayeron bombas, y corría con una nena de cinco o seis años y su abuela a esconderme en un refugio; y despues sentí como se llegaron a oir por toda Pola los gritos de esa nena cuando arrancaba el barco en que se la llevaban a Italia (junto con otros tantos niños y ancianos) mientras sus padres quedaban en tierra, todavía, hasta el proximo barco. Y volví a Pola varias veces en tren desde Génova a buscar -en secreto, no era algo que pudiera hacerse facilmente- un baúl lleno de aceite de oliva y de panes que después sirvió cuando hubo que convencer a quien autorizaba a los emigrantes a partir para que los ancianos abuelos pudieran venir tambien ellos en el barco a la Argentina; y llegué con la nena al Hotel de Inmigrantes, dí al día siguiente una vuelta en colectivo recorriendo todo Buenos Aires, y llegamos a la Base en Puerto Belgrano; y escuché a la madre pedir pintura para pintar toda la casa que les dieron, y llegar el camión cargado de carne, leche y pan hasta que cobraron su primer sueldo; y los valses a la noche mientras los padres de la nena bailaban, y se besaban y se amaban; vi como levantaron su casa sábados y domingos en el barrio chino, acá en Bahía, y la acompañé luego al velorio de su padre muerto poco tiempo después en un accidente un primero de mayo mientras todos se iban a su pic nic, y a su madre a comprar las máquinas industriales para tejer pulóveres; saludé a sus maestras que trataban de calmar su inexplicable angustia en la escuela cuando al mediodía sonaba la sirena de alguna fábrica cercana; y también cuando -dado que eran mujeres solas, ella, su madre y su abuela-, empezó a trabajar en la oficina de una enorme fábrica y como instrumentista en el hospital; y un montón de cosas más que ya no hacen al tema que estoy investigando; y ahí llegadas a ese a ese punto emerjo, y con ella, hace un rato en la cocina de su casa comí un trozo de esta torta magnifica cubierta de crema con dulce de leche repostero, y rellena con crema y duraznos, con té sin azúcar.


La receta de "la torta della famiglia"

2 tazas de té de harina leudante
2 tazas de azúcar (escasas)
2 cucharadas de maicena
6 huevos
1/2 cucharadita de polvo Royal
esencia de vainilla
1 taza de agua hirivendo

Batir las yemas de los huevos con una taza de azúcar, agregar el agua hirviendo batiendo lentamente.
Batir las claras a punto de nieve con la otra taza de azucar.
Cuando se enfría, agregar el harina, la maicena, el polvo royal y la esencia de vainilla.
Agregar lentamente las claras batidas a nieve.
Colocar en un molde grande enmantecado y enharinado.

El secreto es hornear MUY LENTAMENTE a una temperatura, de ser posible, menor que la del mínimo. Una hora, hora y media hasta que se dora ligeramente. Después se rellena con crema, dulce, duraznos, ananá...
La que comí yo ayer estaba recubierta de crema y dulce de leche repostero.





21 de septiembre de 2013

Pasión

Una pasión persistente, no estridente.

20 de septiembre de 2013

Agotamiento

Se me agotó la vocación docente. Completamente.

Durante veinticinco años dí clases efusivamente, pródigamente, con eficacia. Logré que, en varios casos, algunas personas aprendan cosas (italiano o historia, básicamente). Aprendí mucho yo, tratando de que los demás descubran, piensen, razonen y elaboren sus razonamientos, o que lleguen a disfrutar usando con solvencia una bella lengua extranjera.
Pero me pienso a mí misma ahora, en la eventualidad de tener que hacerlo de nuevo, y me parece imposible.


Basta. No quiero enseñarle ya nada más a nadie.

12 de septiembre de 2013

Muguettes



Cada año mi vieja me regalaba las dos o tres varitas de muguettes que florecían en el-patio de su casa.
Ya casi me había olvidado de ellas.

8 de septiembre de 2013

Nautas

Estuve hace unos días con un hombre de 92 años. 
Al terminar nuestra charla me dice, así, como de la nada: 
 "usted tiene conciencia... de que en cualquier momento seguimos el viaje."
Me quede mirándolo, haciéndome la sorprendida, a pesar de que había entendido bien a qué se refería.
y siguió diciéndome: "eso hace que uno esté tranquilo y se levante cada mañana y piense que bueno uno día más para gozar, y se acueste a la noche pensando qué suerte he vivido otro día, hasta que el viaje siga, por otro lado".

Y hoy me encontré escribiéndole a una persona desconocida con la que estaba chateando:
 "Ojala pudiera uno ir y venir en el tiempo como si fuera a uno a darse una vuelta por la desembocadura del Napostá... Pero tengo la impresión que es la capacidad de pensarlo como posible que tenemos algunos -los que nos enganchamos con mas pasión en estas cosas- lo que nos vuelve intemporales, más allá de cualquier edad o decrepitud".

5 de septiembre de 2013

Malestar en la familia

Los autores, luego de advertir que la familia moderna es “un invento” del siglo XIX, que se desarrolló en el siglo XX y cuya crisis se acentuó en el XXI, señalan la prevalencia de un “malestar vincular”, al cual “subyace la suposición de un origen idílico del vínculo; un origen que se supone vivido o al que, en su defecto, no se accedió”, pero que se preserva con la fuerza de lo ilusorio.


 Por Rodolfo Moguillansky y Silvia Nussbaum *
La familia moderna es una producción social del siglo XX. Este nuevo modo de vincularse, imaginado por el romanticismo, sólo alcanzó una generalizada realización social después de 1920. Dejó de ser hegemónico el matrimonio concertado y emergió esta idea innovadora que, en Occidente, atravesó todas las clases sociales: los lazos matrimoniales debían estar asentados en un sentimiento recíproco, en una decisión de quienes así se unirían. Esta es la médula de la pareja y la familia modernas: son decididas por quienes las instituyen. AnneMarie Sohn (en La más bella historia de amor, de Dominique Simonet, ed. Fondo de Cultura Económica, 2005) lo relata así: “Después de siglos de inhibiciones, frustraciones, represiones aparece entonces esa cosa tan inconfesable, tan ocultada, tan deseada, que surge tímidamente de la penumbra: el placer. La revolución amorosa que se desarrolla de 1860 a 1960 es discreta pero ineludible. ¡Basta de ese recato hipócrita, de esa vergüenza de su propio cuerpo, de esa sexualidad culpable que consolida la infamia de los hombres y la desdicha de las mujeres! ¡Nada de matrimonio sin amor! ¡Nada de amor sin placer!”. Se trata de una pareja y una familia que encuentran su fundamento en la ilusión de un amor recíproco.
La pareja moderna fue provocativamente llamada por Denis de Rougemont “un invento de Occidente” (El amor y Occidente). Y se suponía que en esta “nueva pareja” se articulaba el amor con la sexualidad. Con este invento se modifican las bases en las que se había sustentado la pareja. El matrimonio nunca antes había sido considerado por la sociedad como asunto exclusivo de los contrayentes: siempre había estado ordenado ética y religiosamente en el contexto supraindividual de la comunidad humana y de la familia. Se habían establecido leyes, normas morales que imponían su primacía sobre las necesidades del matrimonio en cuanto tal. La constitución de la pareja que funda la familia moderna, a diferencia de las formas previas, se establece mediante la creación de un tejido imaginario que encuentra su “materialidad” en el enamoramiento, el que debe dar sustento a una compleja trama emocional.
En la posmodernidad, la institución amorosa, que tuvo tanto prestigio en la modernidad, está en crisis. La pérdida de hegemonía de la pareja moderna se dio en un movimiento que se desarrolló especialmente desde la década de 1960 en adelante. Las conformaciones familiares de la posmodernidad se han ido haciendo lugar, incluso han logrado un reconocimiento social y una juridicidad dentro del aparato legal del Estado. Estas formas familiares procuran conservar la aspiración de felicidad dada por la reciprocidad amorosa, buscándola en nuevas formas de relación o en relaciones hasta entonces interdictas por la mentalidad moderna.
Buena parte de las familias actuales son familias ensambladas, recomposiciones de las familias preexistentes en una nueva con “mis hijos, tus hijos y nuestros hijos”. Junto con ellas, otras nuevas conformaciones han logrado un lugar dentro de los enunciados de fundamento de la cultura: uniones de pareja del mismo género, familias homoparentales, familias uniparentales. Simultáneamente los homosexuales han bregado en pos de un orden legal que diera legitimidad jurídica a sus parejas. En la Argentina y otros países, pueden ya acceder al matrimonio civil.
Pero quizá la esencia de la posmodernidad no esté en esas formas, ya que tanto las familias ensambladas como las parejas del mismo sexo reivindican la aspiración moderna de la felicidad dada por la reciprocidad amorosa, y quieren tener el mismo reconocimiento otorgado a la pareja moderna. En cambio, los que eligen vivir solos personifican el desencanto de la pareja unida por el amor que inventó la modernidad; no creen en las grandes pasiones. Este ser misántropo, arquetipo de la posmodernidad, propone acabar con las ilusiones de certeza de la modernidad, siente desencanto respecto de sus promesas y expectativas. Se afilia a un modo de pensar que podríamos caracterizar como el pensamiento de la incerteza, de la duda. Quiere ser eficaz. Su criterio es el de la operatividad y no el juicio sobre lo verdadero y lo justo. El hombre de la posmodernidad no concibe el futuro como un momento separado de su presente, al modo en como lo pensaba el hombre de la modernidad. El futuro es una prolongación del presente, sin solución de continuidad con el mismo. Este individuo posmoderno es incrédulo respecto de los grandes metarrelatos, a los que invalida por sus efectos prácticos. Aprecia, en cambio, un saber que parece dominar la razón social por la vía de la comercialización de sus productos. Todo para él puede ser mercancía, aun las fantasías sexuales.

Aquel idilio

Generalmente, la consulta vincular se relaciona con lo que llamamos “malestar vincular”, al cual subyace la suposición de un origen idílico del vínculo; origen que se supone vivido o al que, en su defecto, no se accedió; aun en la suposición de un mal armado inicial está presente la concepción de que habría un posible buen armado del vínculo, al que ellos no accedieron. Todas estas formulaciones tienen en común la creencia en una suerte de paraíso inicial. Ese estado previo de gracia se asienta en la creencia compartida de que, en algún momento fundacional, sintieron complicidades sincronizadas y expectativas de mutuas reciprocidades, o debieran haberlas sentido. Esto da condiciones de posibilidad para que la pareja se funde. Se crea luego la creencia en la continuidad de un ser del conjunto por fuera de los encuentros, una identidad del conjunto.
En Occidente, desde el siglo XX, esta identidad del conjunto –que toma la forma de vínculos intersubjetivos estables– se cimenta en la experiencia fusional del enamoramiento, amasada con la argamasa del encuentro ilusorio con lo idéntico o lo complementario. Esta identidad del conjunto se fundamenta en que el encuentro amoroso experimentado presupone haber constituido, entre ambos, lo que llamamos “lo Uno”, en tanto se ilusionaron con ser parte de un mismo Uno. Una de las causas de la idealización inicial es que hemos sido criados con la convicción moderna de que la búsqueda de felicidad es un objetivo sensato para nuestras vidas y de que en el amor recíproco encontraremos la felicidad.
La ilusión de tener la misma ilusión genera pertenencia. Las parejas en la modernidad se han formado sobre la premisa –ilusoria, imaginaria– de que es posible consumar el amor en la pareja, de que es posible la reciprocidad en el territorio del amor. Aun hoy en día, las áreas de nuestra experiencia vinculadas con la vida en pareja y la vida familiar son depositarias privilegiadas de esa imaginaria y desatinada convicción. Esta ilusión genera pertenencias y pasiones y lleva a desilusiones. Desilusiona no poder sostener la disparatada ilusión estructurante que los juntó, pero el vínculo genera pertenencia. Se pertenece a un nuevo vínculo y ese lazo hace lugar a una nueva familiaridad.
El sentimiento de pertenencia creado por el nuevo conjunto, que se ha instituido con el enamoramiento produce nuevas identidades; emerge con él un sentimiento, ilusorio, de homogeneidad. Se configura así una nueva subjetividad que habita en una nueva espacialidad, cuyos bordes son establecidos por este nuevo conjunto al que se siente pertenecer. Surge entonces, entre los miembros del vínculo, una expectativa de reciprocidad y un sentimiento de propiedad que no debiera ser cuestionado. Para dar reconocimiento a lo que dictamina la realidad del vínculo y poder mantenerlo, sus miembros deben hacer un permanente trabajo vincular.
¿La búsqueda de felicidad es un objetivo sensato para nuestras vidas? Forma parte de la mentalidad de la modernidad la noción de que, si hay suficiente amor en la familia, habrá felicidad: como resultado, para esa mentalidad, la búsqueda de felicidad es un objetivo sensato para nuestras vidas. Hemos sido criados en la convicción moderna de que la búsqueda de felicidad es un objetivo sensato para nuestras vidas y de que en el amor encontraremos la felicidad. Aunque la experiencia parece no condecir con esa aspiración, nuestro funcionamiento emocional personal y familiar suele tenerla como referencia. La esperanza que el amor de pareja puede ser una perdurable realización de la felicidad tiene una enorme fuerza en la modernidad; y se mantiene, pese a que la experiencia no parece confirmarla. La no confirmación es subestimada, se la contradice, se la ignora, debido a la fuerza que tiene la representación idealizada del estar juntos en un vínculo de pareja. Esta representación tiene un arraigo generalizado entre los hombres y las mujeres, está viva incluso entre los que participan con el papel de escépticos, esta ilusión suele tomar la forma de una creencia religiosa en la modernidad. Se convierte en una cuestión de fe: “Tiene que ser”, “así debiera ser”, como si su realización fuese del orden de lo natural; se cree en el amor, es necesario que exista. La realización de la ilusión idealizada del amor de pareja perdura en los enunciados del fundamento de nuestra cultura y sigue teniendo pregnancia para una parte importante de la sociedad.

“Explicación-reproche”

En el malestar en el vínculo está presupuesto un momento fundador. El malestar no suele ser concebido como propio del vínculo, como algo inherente a él, y es juzgado como ectópico, como una malformación que se ha agregado a la vida de la familia, algo que no condice con la convicción que suele regir en el imaginario familiar, que enuncia que, si el vínculo funciona bien, debiera reinar la armonía y no debieran sufrir conflictos.
Esto que describimos respecto del imaginario familiar también es aplicable a todo imaginario social. Sigmund Freud, en Malestar en la cultura, nos advierte que la humanidad aspira a “la felicidad”. La felicidad implica un modo de sentir que deriva de habitar un territorio que está a salvo de conflictos y de sorpresas. Describe el malestar que trae que la cultura no recubra, no vaticine, no prevea en su totalidad los efectos de la naturaleza ni de las relaciones entre los hombres. La consecuencia de esta generalizada creencia es obvia: si hay malestar, algo funciona mal: ha habido una mala acción, lo cual suele determinar que, ante el malestar en el vínculo, los miembros del mismo suelen dar una explicación acusatoria para explicar por qué este malestar ocurre. El malestar, entonces, es frecuentemente acompañado por irritación y fuertes enojos que toman la forma de reproches. En los estados de malestar no se suele concebir que todos comparten la preocupación por lo que les ocurre. No suelen pensar en la existencia de un sufrimiento que abarque a todos los miembros del vínculo. Esto lleva a que en esos estados no reine la solidaridad. Más aún, la violencia que suele acompañar a la constelación emocional traída por el malestar tiende a borrar la idea de un nosotros, y suele reinar un sálvese quien pueda. En ocasiones, el malestar en el vínculo está signado por una emocionalidad impregnada por una marcada intransigencia mutua, con una extrema susceptibilidad, al límite de la exasperación.
Esta explicaciónreproche presupone, entonces, un bienestar anterior perdido, un estado previo de gracia, que se apoya en la creencia, compartida entre los integrantes del vínculo, de que, si fueran una buena pareja o una buena familia, debieran sentir complicidades sincronizadas y expectativas de mutuas reciprocidades, como las que se ilusionaron con las fantasías fusionales de complementariedad o gemelaridad que los constituyó como conjunto. En concordancia con esa creencia, se suele concebir al malestar vincular como un fracaso, como la evidencia del daño que han hecho al vínculo que los llevó a perder el Edén. En razón de este supuesto, el malestar vincular, además del sufrimiento propio que conlleva el estar en malos términos con alguien próximo y significativo, se potencia por el dolor de haber fallado.
* Texto extractado de Teoría y clínica vincular. Fundamentos teóricos del abordaje clínico de la pareja y la familia, de reciente aparición (Lugar Editorial).

19 de agosto de 2013

Patchwork

Como Elisa, mi madre, nunca tiraba los retazos que sobraban cuando cosía, ni tampoco las prendas viejas, un día decidió hacer algo con toda esa montaña de tiras de telas:


Podría contar la historia de cada uno de esos retazos: qué pollera, qué vestido, qué blusa fue, de qué época... por lo que veo llega hasta mediados de los ochenta, esta colección.

Un tiempo después lo vimos aparecer sobre su cama, transformado en acolchado. Alguna vez que dormí la siesta en casa de ella he intentado usarlo, pero me resultaba siempre, inexplicablemente pesado, incómodo, y demasiado caluroso.

Estuvo ahí sobre la cama de ella, hasta el final. Cuando decidíamos con mi hermana qué hacíamos con con las cosas de su habitación, yo lo quise para mí. Pero cada vez que lo agarraba para traerlo a mi casa, volvía a dejarlo, para otro día.

Hoy finalmente me lo traje. Lo primero que hice fue abrirle la costura (la última, la externa), y he aquí que, dentro de la manta patchwork no había ningún relleno: lo que asomó fue el acolchado que usaron mis padres en su cama durante los primeros años de casados: ese era el material que se apelotonaba, ese era el nylon que acaloraba, la razón por la que la pesaba, tanto.

Mañana voy a comprar un una guata ligera, ligera, y usarla.

Cada uno carga con el peso que puede soportar sobre su cuerpo, y su alma.



30 de julio de 2013

La que se salvó de la piqueta




Hoy estuve con quien hace las demoliciones desde hace veinte años, mirando como preparan la demolición de otra casa Luoni, a la vuelta de la mía.

Cuando me dijo que en su depósito tenía una carita que había logrado sacar entera de la demolición de Alsina 250, hace cuatro años, no pude dejar de ir hasta ahi.

Había otra, me dijo, en el otro extremo de la fachada, pero a los albañiles se les rompió cuando intentaban sacarla.


29 de junio de 2013

Carita de bronce


Mi padre bricoleur arma para la casa del campo una especie de perchero multifunción. Para ello emplea un trozo de madera proveniente probablmente de algún mueble a la que barniza convenientemente, y adosa con oportunos tornillos de bronce seis ganchos metálicos chicos para implementos pequeños: hachuela, tijera extraña, soga, una especie de pinza que no sé qué es; luego estrategicamente centradas dos piezas de perchero antiguo de metal dorado con cuatro tornillos cada uno; y luego como si el rejunte hubiera sido poco, procede a adosar en cada extremo dos pequeños adornos de bronce, y en el centro, una carita, de esas mismas caritas que hemos ido rastreando pacientemente en fachadas, puertas, y balcones.

Todavía tiene que aparecer quien pueda contarme más detalles sobre estas caras.

Esta foto es de 2006.


Así luce ahora:

23 de junio de 2013

Interdicción IV

Quién sabe si no era un grande, un fuerte dolor, lo que volvía imposible a mi madre hablar de la suya?
¿Por qué no hablaba casi de ella?

¿Por qué vedaba cualquier intento mío por saber o conocer más del pasado?

Que el dolor obtura y enmudece, casi siempre es algo que sabemos, por propias experiencias, y ajenas. Y que a la vez, el dolor, hasta que no es dicho, lo impregna todo: los gestos, las decisiones, las palabras, las relaciones entre la persona que lo padece en secreto y quienes la rodean.

¿Qué dolor imponía su ley con tanto rigor, que llevaba a mi madre a enmudecer acerca de su madre, o repetir siempre, como latiguillos las dos o tres mismas tristes frases que le oímos decir durante años? ¿Qué dolor seguía tan presente en mi madre, una mujer activa, emprendedora e inteligente, que la llevaba a veces, incomprensiblemente, a aceptar y tolerar situaciones de extrema -e innecesaria - exigencia, entregando su propia vida, sus energías y sus posibilidades de ser feliz como oblación y sacrificio... ?

El hermano de mi madre, diez años mayor que ella, contó alguna vez a su hija Guillermina que recordaba a su  madre una noche de Navidad, llorando desesperada por que había pegado mal unas etiquetas en las botellas de vino y el abuelo se había enojado con ella.

Eso no debe haber sucedido una sino muchísimas veces.

Nada angustia tanto a un niño como ver llorar a su madre. Pero a la vez, la autoridad de un padre que hace llorar a su mujer (y esperemos que hayan sido solo palabras duras las que provocaron ese llanto) no puede ni siquiera ser puesta en duda, aunque en el fondo termine generando un secreto odio.

La abuela llora, aporreada por los gritos - y a continuación el silencio glacial - de su marido. Las cuentas en el interior de la familia jamás se saldaban: solamente obediencia, silencio, y aceptación de lo que sucedia, todo para mantener y acrecentar esos bienes que en definitiva iban a ser para los hijos. Un adolescente (mi tío) tal vez puede tomar distancia, y al llegar a la edad adulta, irse, irse muy lejos, y hablar, contarles luego a sus hijos almenos algo de lo que había sucedido en su casa cuando era chico.

Una niña (mi madre), diez años menor que el adolescente, tal vez no tiene los recursos para verbalizar, objetivar lo que está ocurriendo. Quién sabe si no siente tal vez, incluso, culpa, una tremenda culpa. Se instala en ella una angustia profunda, infinita, de la que no habla con nadie en ese momento, y de la que no volverá a hablar nunca, porque la herida está ahí intacta, duele de solo mirarla, y sería intolerable decirla: la abuela inmolada, un sacrificio que necesita justificarse, y reiterarse para que todo siga teniendo sentido.

Eso no se transmite en la sangre sino a través de minuciosas palabras, actitudes, mandatos. Sobre "la sangre" no se puede actuar, sobre las propias decisiones de vida, sobre el modo en que uno procesa su propia historia, tal vez sí.

Por eso hay que decir, hay que decirlo todo, para sacarlo afuera, para que esas cuentas se salden definitivamente, y lo mismo que sentí el otro día, poder olvidarlas y seguir viviendo con felicidad, nuestras propias vidas.



Interdicción I

Interdicción II

Interdicción III


20 de junio de 2013

Torta Juliana de coco

 

La obra de arte en este caso no es la foto de la torta (evidentemente), sino la torta misma: maravillosa
La receta la tomé del blog de Giuliana Fabris, y como suele suceder uno introduce algunas modificaciones:
300 gr de harina leudante
100 gr de coco rallado
250 gr de azúcar
250 cm de aceite (un vaso)
125 cm de leche (medio vaso)
1 huevo
ralladura de un limón entero (y grande si fuera posible)
esencia de vainilla
pizca de sal
Todo a la procesadora un buen rato hasta que quede bien batido. La preparé en dos moldes de tarta, para que me quede baja, tipo bocaditos.

Es riquísima

Esta es la receta original:
150 gr farina 00
150 gr farina di cocco
mezza bustina di  di lievito
250 gr di zucchero
250 ml di olio di semi
125 ml di latte
1 limone grattugiato
3 uova
1 cucchiaino di essenza di vaniglia
un pizzico di sale

17 de junio de 2013

Clausura

El final de la saga.

Las dos tías viejas vivieron más de 90 años, cada una, y consumidas en la soledad, víctimas de su propio veneno.

Tres mujeres -sobrina, nuera, sobrina política- lidiando con los cuerpos de ellas, sus propiedades, sus insidias, y sus sombras, durante tantos años.

Hasta sus lápidas en el cementerio pesaban.

Un día ya nadie pagó más.

Al osario.

Que dios las tenga en la gloria.

(Y yo necesitaba escuchar este final de la historia.

Ahora nosotros podemos seguir viviendo ligeros, y quizás, también, olvidarlas.)

Encuentro (y cierre)





Mi primo Beppino (Giuseppe Sansoni) y el padre Víctor (Vittorio Albasini -las que fueron a María Auxiliadora entre 1980 y 1983 tal vez lo recuerden) charlando conmigo por skype desde Rovereto (TN, Italia), después de haber estado durante el día en Poia, con mi tia Albina, Angela, Donatella y Matteo.

A los 16 años yo trataba de hablar en italiano con el cura cuando íbamos a Fortín Mercedes. Después que terminé el colegio nada supe de él hasta hace dos años, que lo googlé y lo encontré de misionero en Kenya.
Hace un mes me contó que iba de vacaciones a Italia; qué bueno, a mí me gustaría ir a visitar a mis primos y a mi tía, le dije; los voy a visitar yo, me respondió.
Eso hizo hoy. Me parece increible que se hayan encontrado. Me emociona.

9 de junio de 2013

Naranjas



La feracidad del patio de la casa de mis padres no deja de asombrarme: desde hace ya mas de dos años nadie se ocupa de ese patio, y es verdad que muchas plantas se han secado, los travesaños del parral ya se han quebrado, y hay por todos lados tallos secos, ramas y hojas caídas; pero las hendiduras entre las lajas de los senderos que lo atraviesan están todas llenas de gramilla y césped, un matorral de alhucemas ha cubierto por completo el portoncito metálico que da al patio de atrás, y el naranjo, como si hubiera potenciado el amoroso cuidado de mis padres - que en cuarenta años nunca dejaron de regarlo dos veces por día, podarlo, hacerle injertos, desinfectarlo, sacar los yuyos, matar hormigas -, volvió a dar este año las más espléndidas naranjas.

No tienen semillas, y el jugo es abundante y delicioso.

2 de junio de 2013

Bacánica





Publiqué un texto, en uno de mis blogs, Italianos en Bahía Blanca. Esta es la conclusión:

"Siento la necesidad -imperiosa- de conocer este proceso de configuración de la identidad de los inmigrantes italianos en este lugar del mundo, y la de sus hijos y nietos, para poder sobrevivir a la avalancha de eslogans basados en clishes quasi-publicitarios, y de fantásticas-fantasiosas versiones retrospectivas del pasado, que demuestran una determinada voluntad por inventar y consolidar una identidad y un sentido de pertenencia fuertes, pero, paradójicamente, a partir de un supino desconocimiento de la historia. Proyectar hacia los argentinos descendientes de italianos un concepto general y abstracto de "italiani all'estero", sin tener en cuenta estas experiencias concretas, puede llegar a generar equívocos, desencuentros y perplejidades entre quienes desean -sin duda con las mejores intenciones-, actuar e influir en la realidad presente."