10 de julio de 2010

La guitarra

A los siete años, como a tantos niños y niñas durante los 70, me mandaron a estudiar guitarra.
Me compraron un grueso cuaderno pentagramado, un libro de teoría de la música, otro de solfeo, un libro de guitarra para principiantes, y por supuesto, una guitarra.

El libro de teoría empezaba con la respuesta a la pregunta ¿qué es la música?: Música es el arte de combinar los sonidos, y seguía así, con respuestas a preguntas que jamás me hubiera planteado, pero que tenía que estudiar de memoria, en orden, de una clase para la otra. En el libro de solfeo había que leer, también en voz alta, recitando a distintas velocidades y ritmos, los nombres de las más variadas combinaciones de notas musicales. Y con el otro libro tenía que practicar -ahí sí, guitarra en mano - notas, escalas, acordes, arpegios.

Me aburría. A veces no estudiaba. Los días que tenía guitarra los vivía como los días más desagradables de la semana. Yo lo que más quería era quedarme en casa leyendo. Algunas veces protestaba un poco. Pero se me hizo ver que si uno empezaba algo, tenía que seguirlo con constancia, y terminarlo.

Nunca logré aprenderme nada de memoria, salvo la vidalita, solamente una vez toqué en público, formando parte de un numeroso grupo, y la mayor parte de las veces prefería hacer cualquier otra cosa antes que tocar la guitarra.

Sin embargo, sentía una gran envidia de la alegría y la desenvoltura con la que muchas chicas, en el colegio al que yo iba, tocaban la guitarra "de oído". Yo también a veces llevaba mi guitarra y, como si estuviera descendiendo a algún tipo de vulgar bajeza, tocaba siguiendo a las que se sabían bien los tonos y los ritmos de los rasguidos.


De todos modos, aunque tocaba muy mal, gracias a la constancia, fui aprobando los exámenes uno por uno.


Por eso, cuando llegué a cuarto año (tenia por ese entonces 11 años), el profesor indicó que ya era hora de que yo tuviera una guitarra buena, acorde al nivel al que estaba por pasar. La guitarra nueva fue encargada expresamente a un luthier, vino en un estuche tipo sarcófago, y costó - a juzgar por las infinitas recomendaciones que la acompañaron- bastante cara.

Dos años más, aún, me retuvieron la constancia, y la responsabilidad de justificar ese gasto hecho por mí, me nolente.

No recuerdo el día que anuncié en mi casa: "dejo, no quiero ir mas a guitarra".
Sí me acuerdo que fui a hablar con el profesor y le dije que iba a dejar por el momento; que más adelante iba a retomar y terminar; que quería estudiar italiano y las dos cosas por el momento no iba  a poder.

Aunque en algunas tardes de melancolía la he agarrado y he canturreado con ella alguna melodía rasgando sobre el precioso encordado los cuatro o cinco únicos tonos que me acuerdo, la guitarra nueva quedó guardada, en su sarcófago azul oscuro durante 30 años, en la casa de mis padres, hasta ayer a la noche, que la traje, y estuvimos cantando con ella zambas, chacareras, boleros y canciones anarquistas.

Al profesor, cada vez que lo encuentro (y él se ríe también porque es un divino) le digo: "attenti, profesor, eccoliqua, que en cualquier momento empiezo de nuevo".

10 comentarios:

Patricia dijo...

En tantos años que nos conocemos, nunca supe que tocaras la guitarra, Ana! Yo también toco un poco así que cuando nos juntemos podemos improvisar algo juntas y cantar un rato, ja ja! Un beso grande!

Ana Miravalles dijo...

dale!
un beso

Eva dijo...

¡Ana! ¡Parece que estuvieras contando la historia de mi vida! Yo terminé el ciclo basico en el conser y tuve la excusa perfecta para abandonar cuando entre a ciclo medio, porque justo entraba en el secundario y con todas las materias nuevas se me hacia directamente doble turno. Pasaba los exámenes a fuerza de estudio pero sin el más mínimo talento (ni disfrute) por suerte después descubrí que sí tenía ritmo para la poesía :)
Ah, y "Música es el arte de combinar los sonidos formando con ellos melodías, armonías y ritmos." Esas preguntas, no sé por qué, me hacen acordar mucho a las que nos enseñaban más o menos a la misma edad en catecismo. Me acuerdo que la primera era: ¿Quién es Dios? Lamentablemente, no me acuerdo la respuesta...

Ana Miravalles dijo...

El método y su resultado es análogo en ambos campos: nadie logró tocar un instrumento musical o cantar recitando al pie de la letra el libro de Williams, ni llegó a ninguna experiencia mística aprendiendose el catecismo de memoria.

Por suerte (leí este verso en un poema que tradujo Zaidenberg hace unos días)

"uno no aprende todo lo que le enseñan"

Marina Yuszczuk dijo...

Me pasó, cuando de chiquita copiaba peras en una clase horrible de dibujo, y un poquito más grande, cuando toqué el piano, y mi papá me compró uno. Lo vendí hace siete años, y mi papá me dijo "qué pérdida de tiempo" o algo así, como si esos diez años de música no hubieran sido un placer, no quedaran en alguna o muchas partes, sin ir más lejos, en la facilidad para teclear con las dos manos. :)

Ana Miravalles dijo...

En cambio, mi madre hace unos días me propuso regalar la vieja guitarra (la primera, la que se bancó todos los golpes, que suena muy muy mal) y le dije: "nooo!!! nunca se sabe"

guillermina dijo...

encontre una foto de los ochenta donde vos y yo estamos con ambas guitarras divirtiendonos en viamonte. Mi historia es asi de contrastante. fui 6 años a guitarra,sin nada de entusiasmo. impulsada por mama.
Cierto dia julieta me pide le eseñe unas notas... y zas. Empezo a tocar en el colegio de oido. sacaba canciones y hasta las inventaba. regale mi guitarra hace 2 años. me comprare una electrica ana. besos tu hijo duerme con mi hijo en la pieza de al lado. que vida hermosa!!!

Ana Miravalles dijo...

Quiero esa foto!!!!!!!!
Qué bueno es compartir estas cosas...
Gracias por todo, Guille
Besos

clothogancho dijo...

¡qué raro! a mí pasó todo lo contrario : siempre sufrí de que no pudiera mi madre costearme clases de música o de baile. Entonces, a los trece me fabriqué un teclado de cartón para fingir que tocaba las partituras que me prestaba una compañera y que había aprendido a leer, a los quince mi madre me regaló unos de esos pianos, juguetes para niños, pero tenía dos octavos, a los diecisiete mi madre cambió las dos únicas monedas de oro que tenía de su abuelo por una guitarra. Aprendí sola, en los años 70, también con amigos, además cantábamos cosas de "allá", y rápidamente vinieron chilenos con sus temores y sus cantos ... más tarde, cuando ya había nacido mi primera hija, aprendí a acompañar cosas de Atahualpa y leer textos de ley con compañeros que se preparaban a volver a Rosario y a luchar contra el olvido (un eufemismo...)... hoy, esta hija es jurista, especialista en la defensa de los derechos de los inmigrantes, de los sin papeles, de los que huyen su país porque atropella los derechos humanos...
Mi primera guitarra, bastante mala, la tenemos todavía en casa de mi madre. Finalmente, a los 40, me matriculé en una escuela de verdad. El profe me dijo que sabía bastante para que me enseñara otra cosa y me puso una guitarra barroca entre las manos, unos tratados de vihuela y una partituras originales en fac-similé, para que las enmendara a la luz de lo que descubría en los tratados... cumplí los 57, y la guitarra sigue siendo mi voz cuando ya no tengo voz para hablar o escribir...

Ana Miravalles dijo...

Querida Clotho: qué placer inmenso siento al leer esto que contás... y qué orgullo... Me intriga y me siento tentada de preguntarte más cosas sobre esos jovenes chilenos, y los rosarinos, y qué canción de Atahualpa (u otra) te acordás, te gusta. Un beso, Ana